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miércoles, 24 de febrero de 2010

Artículo publicado en Miradas al sur el 21/2/10

Nota de tapa
Privadas, preciosas, precarias.

Con el bloc espiralado y la bic fuimos a la Facu a tomar apuntes sobre una realidad que crece año a año, la predilección a nivel académico de lo privado sobre lo público. Enamorados de la universidad privada, “abstenerse”.

Por Federico Scigliano

En los últimos diez años la matrícula de las universidades privadas creció a un ritmo que quintuplicó al de las públicas. Por otro lado, el incremento de su cantidad de alumnos fue del 75 por ciento desde 2002, y nada hace pronosticar que eso vaya a detenerse.
Bien amigos, éstos son los datos duros que hablan, con esa contundencia que siempre tienen las cifras, de un fenómeno que vino para quedarse: para los pibes que salen del secundario “ir a la Facu” es, cada vez más, ir a una privada.

Frabricanti di ilusioni
La educación pública fue desde siempre el bastión de la clase media, un mundo de maestras santas que armaron esa sensibilidad de la enseñanza. En ese mar de afectos, la universidad pública era la movilidad ascendente, la garantía de que todos podían saber. En los 90 el consenso privatizador se llevó casi todo, pero con la universidad no pudo. Fuerte fue la resistencia de una sociedad que se aferró a esos viejos claustros y no los soltó hasta saberlos a salvo. Sin embargo, algo de eso tan vital y tan propio parece estar resquebrajado. “Si hay que pagar, debe ser porque es mejor, y además es más fácil”, escucha uno de estos cronistas de boca de un pibe que argumenta su elección de una universidad privada. Parece joda, pero es así, queridos niapaleros.
Otra cara de este asunto es que de la escuela media -pública y privada-, egresan todos los años miles de pibes con habilidades cognitivas cada vez más precarias. En este contexto, la universidad pública, su piso de exigencia, se vuelve un muro infranqueable para la gran mayoría (los niveles de deserción que se observan en el CBC hablan de esto). Ahí hace su aparición la universidad privada como promesa sobre la que se construye la ilusión de la carrera universitaria. Esa masa de egresados de un secundario que ofrece pocas herramientas compone un mercado potencial enorme que, marketing riguroso mediante, la UP, la UCES, la UAI, la UADE, o la Kennedy, entre otras, han explotado tan exitosamente.
Todos nos anotamos, todos pagamos, todos aprobamos, todos nos recibimos, todos felices en la foto del folleto.


Leer y escribir
Cecilia Eraso, que es docente de la Carrera de Comunicación en la UBA y lo fue también en UCES, aporta un matiz interesante y propone dos tipos bien distintos de alumnos: “Por un lado, está el alumno estándar de la privada (clase media más que acomodada) que va para cumplir con cierto mandato social de tener un título, es fácil ver que esos alumnos ya tienen, o tendrán, el futuro económico y laboral asegurado (empresas familiares, puestos importantes en empresas del sector privado, dinero para invertir en nuevos emprendimientos empresariales de su área). Eso se refleja en el poco interés por la “excelencia académica”, interés que sí pesa, aunque quizás cada vez menos, en el imaginario del alumno de la universidad pública. Junto con este perfil de alumnos están los que se desloman trabajando para pagarse la cuota porque le tienen miedo al “monstruo” de la universidad pública (y ese monstruo suele estar encarnado en la UBA). Una vez, una depiladora de mi barrio me contó que trabajaba doble turno para ayudar a su hija a pagar la matrícula de la universidad privada en la que se había anotado. Le pregunté por qué semejante esfuerzo para obtener un título que, en la mayor parte de los casos, estará devaluado frente al de la universidad nacional, ¡que encima es gratis! Porque para el alumno de clase acomodada del que hablaba antes eso no es gran problema porque para ellos el mundo está lleno de oportunidades que no le vienen dadas por su esfuerzo académico. Pero para la estudiante sin oportunidades “de clase” garantidas eso no es así. Y la respuesta fue que en la UBA no tenía oportunidad de aprobar, que era muy difícil para ella, que los horarios, que la cantidad de gente, que le “daba miedo”.
Pablo Martínez, docente de primer año de Publicidad de otra privada, completa el círculo: “Los pibes llegan con problemas serios para leer y producir textos. La bibliografía que podés dar es entre escasa y muy por arriba porque si te metés en cuestiones teóricas más complejas terminás hablando para dos o tres. Obviamente, el nivel de exigencia o es muy bajo o de lo contrario no aprueba nadie”.
Ahora bien, eso que al principio puede ser una ilusión (tener una vida universitaria medianamente exitosa) tiene su contracara: la cantidad impresionante de avisos clasificados en los que se solicita profesionales que terminan con la recomendación lacerante: UP, o UB o UCES o la que sea “abstenerse”. Ahí se corta el delgado hilo marketinero de la felicidad.



Cool
Estamos en la puerta de la UP, también conocida como Universidad de Palermo. Mario Bravo y  Córdoba, donde Almagro se extingue y Buenos Aires se empieza a poner moderna. Vamos en busca del espíritu universitario del barrio, pero es febrero y hay poca gente, sin embargo algo de eso que uno ve cuando pasa por ahí persiste, como si el receso de verano no pudiera barrer con el clima de alegre estudiantina que todo el año pulula por esas calles.
Una mirada rápida al edificio habla a las claras: todo liso, todo limpio, todo designe, el gris y el blanco presiden la decoración, cada tanto un rojo o un amarillo lo cortan. En la entrada, dos muchachos de seguridad nos indican que no se puede entrar sin la correspondiente credencial, al fondo, el bar hace juego con el clima chill out que se impone.
Un plasma nos anuncia un posgrado sobre diseño sustentable, un concurso de diseño “Manifiesto UP Objeto de Luz”, la nueva carrera de Licenciatura en Management orientación real state, un nuevo blog jurídico de la Facultad de Derecho y para cerrar el Palermo Summer Session (?) de la Facultad de Económicas, y un convenio con Harvard University.
Dos rubias con ojotas y celular caro y un flaco con cara de disc jockey entran a toda risa, se impone la pregunta del cronista acerca de los motivos de la elección de esta y no otra universidad. “Bueno, tengo amigos que estudian y me la recomendaron. Me gusta la onda de la gente que estudia acá. Estoy en arquitectura, la facultad está bien equipada, qué se yo… por eso.” “Una pregunta más: ¿no pensaste en ir a la UBA?” “No, es un quilombo, está lleno de gente. Además hay paros todo el tiempo y nunca sabés cuándo hay clases y cuándo no. Acá siempre hay clases.” Dejamos al DJ y a sus chicas y caminamos hasta la esquina, allí está la oficina de promoción. Nos atiende una chica simpática, saca un formulario lleno de fotos lindas, muy bien hecho, circula con su lapicera esto y aquello, nos dice de los horarios y de las materias y finalmente anota: 1.260 pesos de matrícula, y 12 cuotas de 1.260 pesos. Le agradecemos. Ella nos devuelve una sonrisa respetuosa, blanca, que también parece de diseño.

Las condiciones
“Nuestras condiciones laborales son sumamente precarias, sin convenios colectivos de trabajo; sin régimen que paute nuestras licencias; sin reconocimiento de antigüedad en muchos casos; cobrando muchas veces “a destajo”, con absoluta imprevisibilidad respecto a nuestro futuro laboral y en condiciones ambientales muchas veces deplorables. Ni hablar de discutir actualización de salarios.” Quien esto afirma es Diana Lacal, quien durante 17 años trabajó como docente en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales. Usamos el pretérito trabajó puesto que el último día hábil de 2009 fue despedida de la UCES. ¿El motivo? Constituir el cuerpo delegados, nuclearse en torno al Sindicato Argentino de Docente Privados y plantear el respeto por la Ley de Contrato de Trabajo que la universidad viola flagrantemente desde hace años. “La movida empezó porque que todo el mundo se quejaba y nadie hacía nada, básicamente por el miedo a que no te volvieran a contratar. Nos empezamos a juntar entre los que nos conocíamos de la universidad, éramos pocos, pero teníamos la experiencia de la Universidad de Palermo y de la UAI, donde también había habido organización y se habían conseguido cosas. Vino la gente de Sadop y cuando le contamos que trabajábamos a destajo, que no teníamos licencia por enfermedad, que no nos reconocían la antigüedad, nos dijeron que todo era completamente ilegal.” Diana habla y en sus palabras se impone la verdad intensa de una afirmación: los que laburan tienen derechos. “Las universidades privadas han crecido en forma impresionante, y hay cada vez más profesionales que egresan de ahí, los docentes, que somos los formadores de esos profesionales, estamos en una situación de total desamparo. La universidad privada hace lo que se le canta, te contrata como se le canta, y el problema es qué hace el Estado para regular una actividad que es de una importancia social cada vez más visible.”
Andar por esas universidades, transitar esos pasillos, si es que se logra franquear a la seguridad, son la muestra palmaria de una prosperidad indisimulable. “La UCES empezó en el 92, en diez años, en 2002, había construido diez edificios, y aún hoy sigue inaugurando sedes. Es un negocio muy rentable”, afirma Diana. Caminar por la calle Paraguay entre Paraná y Talcahuano no desmiente en nada esta afirmación, más bien impresiona la cantidad de edificios que son de la universidad “que persigue la excelencia a través del compromiso”, tal cual reza su rector en un spot que se puede ver en tour virtual de su página web.

Precariedad y vitalidad de un mito
Lógica de la precariedad. Precariedad de los docentes que allí trabajan, precariedad del conocimiento que allí se produce, precariedad de los títulos que allí se consiguen. Sí, todo eso… pero también, y a fuer de ser justos y equilibrar un poco los tantos, esa cantidad de pibes que van a la facu, en las condiciones descriptas más arriba, muestran la enorme vitalidad del imaginario universitario en la Argentina, la presencia de ese viejo anhelo ilustrado que se fue adaptando para supervivir a la crisis educativa. En ese mito, en las manos y los deseos de la depiladora que se mata laburando para que su hija estudie, ahí, en esa pequeña gran historia está el hilo que hace dialogar y da sentido a las generaciones argentinas. Nos quedamos con esa voluntad, a pesar de la precariedad del presente.-

***

OPINIÓN
MITOLOGÍA DE CABALLITO
Por Manuel Carboni
mcarboni@niapalos.com

Uno de los rasgos distintivos de la clase media argentina (particularmente porteña y muy probablemente del barrio de Caballito) es -o era- su fe ciega en la educación pública. Como toda fe ciega, se sostiene(ía) sobre una convicción que antecede(ía) a toda constatación fáctica: la educación pública es el principal agente de ascenso social.
No resulta difícil rastrear los orígenes de este postulado mitológico. La gran población migratoria de origen casi totalmente europeo -gallegos, tanos, vascos y el ocasional judío- hizo de la educación pública la palanca mediante la cual lograba que sus hijos obtuvieran la posición económica y social que sólo se reservaba a los privilegiados de su belicosa Europa natal. Es que durante muchas décadas esto no era un mito, sino que resultaba ser una realidad, ya que existió en la Argentina durante casi 100 años una matriz económica que permitió el desarrollo de una pequeña burguesía tan grande como no se encontraba en la región, desarrollo que fue acompañado de una política pública que durante casi 100 años se mantuvo firme: la inversión educativa.
Así es, la Susanita de Mafalda que proyectaba casarse con Felipe -luego de que éste por supuesto se recibiera de algo- y así engendrar juntos un hijo que eventualmente se recibiría a su vez de médico era una maravillosa postal de época pincelada por un gran conocedor de la idioscincracia clasemediera porteña como Quino. Esta idioscincracia que engendraron (y fue engendrada por) próceres como Domingo F. Sarmiento -y que injustamente olvidó que la Ley 1.420 de Educación Pública Universal y Gratuita se sancionó durante la presidencia de Julio A. Roca- alcanzó su mayor plenitud y vigencia durante los también mitológicos años de la presidencia de Arturo Frondizi, años en los que parecía viable un desarrollo nacional si el consentimiento mayoritario. (Para variar, también se olvidó que el mayor ingreso a la matrícula universitaria se habría alcanzado durante los años de Perón, tiempos a los que la mitología de Caballito atribuye consignas como “alpargatas sí, libros no”) ¿Nadie nunca se preguntó por qué las falencias salariales de los maestros siempre fueron vividas como dramas nacionales, mientras que las miserias de trabajadores de otros rubros pasaban desaprecibidas? Esta condición de Terreno Sagrado que se atribuyó durante décadas a la Educación Pública (tan sagrado que podía resistir aún a los embates de las peores dictaduras) fue el único punto dogmático irrenunciable para un proyecto de país que reunía al radicalismo, al peronismo y hasta a la izquierda que marcha en la FUBA, aunque fue perdiéndo vigencia durante los últimos 30 años. Su último acto como proyecto político hegemónico defraudó con la Alianza en el 99 y sus restitos se refugian bajo la generosa ala del Kirchnerismo.
A caballo de nuevos órdenes mundiales y producto del final de la guerra fría, se consideró que un país dependiente como el nuestro no merecía tener su educación controlada dentro de la órbita aparato estatal, así como tantas áreas estratégicas de la vida social. Por eso mismo, donde antes veíamos un pibe que terminaba el secundario y estudiaba para ser contador confiando en la experiencia genética de su clase social, hoy lo vemos estudiando management en la Universidad de Palermo (y eso es con suerte, porque es más probable que lo veamos estudiando periodismo deportivo, gastronomía u hotelería en algún instituto privado). Y por este motivo es que el radicalismo hoy es un partido vacío de contenido programático, cuyo único atractivo es el mito viviente de la Reforma Universitaria.-

5 comentarios:

Anónimo dijo...

¿La universidad pública es gratis?, tendríamos que redefinir estos conceptos y sino hacer la prueba para ver qué hasta que punto se aplica lo gratuito de la universidad pública... profesora, con todo respeto, ese no es un comentario pertinente me parece.

Anónimo dijo...

¿Qué pasa cuando una carrera NO se dicta en la universidad pública?
Estamos, como alumnos, obligados a cursarla en una institución privada porque los responsables de la educación pública no se toman el esfuerzo de actualizarse sobre nuevas carreras con mucho peso en el mercado laboral como lo es el Diseño Multimedial (carrera dictada a nivel de Licenciatura sólo en la Universidad Maimónides) o mismo la Licenciatura en Publicidad.
Lo que esta sucediendo con la UCES es realmente una vergüenza. LOS MISMOS PROFESORES son los que nos cuentan a los alumnos que la UCES los "obliga" a renunciar cada cierto tiempo, y lo "vuelve a tomar" para que así no corra la antigüedad laboral. Y la publicidad en diarios como Clarín? La Nación? La publicidad DIARIA en la pantalla de LEDS del Obelisco? La publicidad televiciva en C5N en prime time? La innumerable cantidad de afiches repartidos por toda la ciudad? Ese dinero se va en los $900 pesos de cuota o $1000 pesos de la matrícula.
QUE YA ADELANTARON QUE LA MATRICULA AUMENTARÁ A $1200.- para el 2011 y durante este 2010 la cuota llegará a los $1000.- mensuales. UNA LOCURA.

Anónimo dijo...

Entré al blog con mucho interés en ser parte del reclamo docente, de interiorizarme con lo que está sucediendo y demás, ya que soy estudiante de la carrera de comunicación social y convivo con los "usos" de la "uces" a nuestra economía.
Sin embargo, al leer el aporte de la docence Eraso, quedé en asombro. No me parece pertinente a una docente, que en la uces era titular de la materia semiología y análisis del discurso, los párrafos aquí citados. Que su comentario se aplique o no a la realidad académica de las instituciones privadas queda al margen de la postura que la profesora debería mantener ya que fue docente de esos "dos tipos de alumnos", que ella dice que existen. Por lo tanto no debería sonar tan despectiva, y tener un juicio -en todo caso- que se adecúe mas a la realidad. Hay todo tipos de alumnos, los que son trabajadores y estudiantes, los que son solo estudiantes, los que se exigen, los que no, los que estudian, los que se copian, etc, etc, etc.
Hay que ser más abierto, y ejercer con la vocación de docente enseñando e incentivando a todos, indistintamente al estrato social al que pertenezcan.

Anónimo dijo...

La lógica que rige lo privado es, primeramente, la comercial, luego está la educativa, la de servicio y otros etc. según la actividad a la que se dirige esa empresa privada.
De todos modos, hay universidades privadas que cumplen más dignamente con su función educativa. No parece ser el caso de UCES.

Cecilia Eraso dijo...

A los anónimos varios: ese párrafo es parte de una entrevista que me hicieron en la cual di mi opinión. Como tal es como debe aceptarse y puede discutirse. De hecho concuerdo en que debería haber sido más rigurosa con la idea de lo público y la gratuidad, que me señala el primer anónimo. Pero no concuerdo en que haya que evaluar "moralmente" mi aporte, si "corresponde" o no por haber sido no titular sino adjunta de una materia en la universidad de la que hablamos. Además nunca fui despectiva, no sé por qué interpreta eso el anónimo, que dice que yo debería mantener una "postura" pero no dice cuál es. Me parece un buen primer paso dar el nombre y apellido, ¿no cree? para poder discutir sin máscaras.
Es un perfil el que tracé y como tal, es una generalización, sin duda. Si tuviera que evaluar caso por caso a cada alumno no podría haber respondido.

Saludos